Tradução

De la almohada de un traductor

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De la almohada de un traductor
  • Traducción del portugués al español: Lívia Stumpf
  • Revisión de la traducción: Natália Scalvenzi
  • Supervisión: Karina Lucena

Soy profesor de lengua y literatura japonesa, y antes de eso estudié muchas otras cosas: Derecho, Relaciones Internacionales, hice un curso técnico en electrónica, etc. La traducción es lo que siempre hacía cuando no hacía las cosas que tenía que hacer. Es algo que tiene un lugar importante en mi identidad, en quien entiendo que soy. He traducido muchas canciones pop japonesa, tengo un blog de traducción de poesía y siempre traduzco cosas “solo porque quiero”.

Cuando joven, tenía una visión muy luminosa, muy benévola, de la traducción. “Traducir es conectar mundos”, esas cosas. Siempre admiré el ideal del personaje Mafalda, de Quino, que quería ser intérprete de la ONU y promover la paz mundial. Pero este modelo isonómico del acto de traducción ya fue hace mucho tiempo reemplazado. Siempre hay diferentes asimetrías a la hora de traducir: de poder entre el hablante y el oyente, entre la traductora y su jefe, entre el refugiado y la policía, entre Dante y el estudiante de italiano – eso sin hablar de la asimetría entre idiomas, entre diferentes habilidades comunicativas… La propia ONU con la que soñó Mafalda puede describirse tanto como la materialización de un ideal de universalismo como una pesadilla colonialista con cinco lenguas de trabajo (lenguas de poder, por supuesto).

Cuando pienso en Mafalda traductora, también pienso siempre en el personaje de Mr. Lawrence (Tom Conti), el traductor oficial e intérprete de la película Furyo, de Ôshima Nagisa (Merry Christmas, Mr. Lawrence, 1983). Traducir es servir a dos señores. Es ser a la vez el centro del acto comunicativo y alguien que es tratado como un instrumento por aquellos que intentan comunicarse. Esta es la paradoja de la que habla David Bellos: nadie confía en el traductor, porque al menos la mitad del tiempo está hablando un idioma que no entendemos – podría estar negociando nuestra ejecución, no tenemos forma de saberlo. No puedo decir cuántas veces algún brasileño me vio escribiendo en japonés y comentó: “Acaso estás hablando mal de nosotros?” – o peor. Cuando vivía en Japón, los japoneses hacían exactamente lo mismo cuando me veían escribir en portugués. Como la trágica figura de Malinche, la mujer nahua que sirvió de intérprete a Cortés, la traductora suele ser vista como la personificación de dos miedos muy humanos: el miedo a lo que no se comprende y el miedo a ser traicionado.

La traductora es una figura que está siempre, y por definición, en crisis, porque nunca puede ser leída o interpretada en su totalidad. Creo que el traductor revela la crisis como algo permanente, la comunicación humana como algo defectuoso e imperfecto. Es un personaje detrás de escena que siempre debe estar lidiando con la repugnancia subterránea que las diferentes comunidades sienten entre sí. Quizás la “misión” de la traducción sea, por tanto, una “misión maldita”: revelar que existe el caos, y no ocultarlo.

Al lado de Thanatos, siempre está Eros. Creo que la traducción es un acto erótico en muchos sentidos (juego de palabras intencional). En primer lugar, porque la escrita es una materialidad, el libro es un objeto táctil, y escribir es acariciar una superficie, dejar marcas, signos en ella. Las computadoras inauguraron una era neoplatónica en la que muchas personas se permiten imaginar que un libro es un archivo de texto, una existencia inmaterial, una tripa de ceros y unos que viven en las nubes. Todo esto es para ignorar el fetichismo asociado al libro objeto – el libro objeto de deseo –, hecho fácilmente verificable en cualquier conversación de ratas de biblioteca. A las personas que les gustan los libros les gusta tener libros. Están celosos de sus libros. Se acuestan con sus libros.

En esta relación erótica entre la lectora y el libro, el traductor es el eje de un affair complicado, un obstáculo entre dos extremos que necesitan de él para la consumación del encuentro — como en la película El libro de la almohada, de Peter Greenaway (The Pillow Book, 1996), que narra la historia de un triángulo amoroso entre una autora (Vivian Wu), su traductor (Ewan McGregor) y el editor de sus libros (Oida Yoshi). El personaje de Ewan McGregor – que se llama Jerome como nuestro santo patrono – representa la fluidez de la identidad, la libertad del cuerpo, el rechazo de lo monogámico. No es casual que la figura del traductor se asocie, en el imaginario popular, a la del traidor y del proxeneta, a la infidelidad y a la “indecencia”: genera en muchos el malestar que provocan las relaciones no binarias y las situaciones ambiguas. La traductora es “invisible”, capaz de entrometerse sin ser detectada en los momentos más íntimos de la lectura, escondiendo sus impurezas y errores en el tejido mismo de la relación texto-lector. La traductora rara vez se encuadra en conceptos simplistas de transparencia, permanencia e impersonalidad, pudiendo encarnar la sensualidad de los epicenos, de los que pertenecen a dos o más mundos, de lo que es efímero y en permanente transformación.

Enseguida, toda la literatura, pero la traducción en particular, es la modulación de una voz. Es el trabajo de escuchar un sonido internamente y producir variaciones para ese sonido externamente. El trabajo de escuchar y hablar — a pesar de la desencarnación que ha sufrido la cultura del audio frente a la reproducibilidad técnica en los últimos cien años — es un trabajo del cuerpo. La literatura-voz es una vibración del cuerpo que llega sensorialmente a otros cuerpos – pregúntenles a los cantantes, a las actrices. El acto de traducir, además, es único porque pretende añadir una nueva voz a una voz ya existente, formando con ella un contrapunto, un diálogo, una armonía o un contraste, como en un juego de amor, un dúo de ópera o un ritual de apareamiento lingüístico. Cuando es verdadero e intenso, el acto de traducir es una inmersión en las voces del texto, en la sensualidad de los lenguajes, en la belleza de los cuerpos que conversan.

Finalmente, existe un vértigo, común en la profesión de traductor, que llamo “posesión traductora”. Ocurre cuando la traductora está tan imbuida del texto que empieza a imaginarse que es la autora. Hay muchos traductores brillantes que caen en este casi trance alucinatorio cuando escriben, y cuando este proceso funciona bien puede beneficiar el texto de destino. Por otra parte, y el riesgo es grande, esta ilusión (narcisista, posesiva, megalómana) de que un texto escrito por otro puede convertirse en nuestro, conlleva una potencial borradura de la voz del autor. La “posesión” es bidireccional: la impresión de que la voz de la autora nos posee no es más que la ilusión de que se posee la voz de la autora. Como en el amor, una buena traducción debe resistir a la tentación de la posesión y buscar la realización del encuentro en el respeto a la individualidad del otro. (Spoiler: este es un ideal más fácil de declarar que de cumplir).

Más allá del nivel del individuo y sus pulsiones, la traducción es también un intento de abordar la cuestión del tiempo en el contexto de la cultura. En este sentido, la metáfora que pienso utilizar es la de la Capilla Sixtina, que, durante siglos, fue conocida por la humanidad a través de una espesa capa de hollín, acumulada durante décadas y décadas de encendido de velas. En la década de 1980, con el patrocinio de una cadena de televisión japonesa, las pinturas se sometieron a un proceso de restauración que eliminó casi por completo todas las capas adicionales (pegamento, ceniza, barniz, cera) que cubrían el estuco. Esta capa de suciedad, sin embargo, confería a las pinturas una dignidad sombría y distante que, paradójicamente, se adaptaba al tema de los frescos. Más que eso: como en la época de Miguel Ángel no había fotografía digital, la gente ha creído, a lo largo de los siglos, que la Capilla Sixtina “real” era oscura y lúgubre. También existe un problema de intención del artista: la restauración eliminó numerosas sombras, detalles y contornos agregados a los frescos en un momento posterior a la primera pintura. Estas adiciones pueden o no ser de Miguel Ángel; en cualquier caso, ahora están perdidas. Cuando la capilla restaurada fue revelada a los visitantes, hubo una oleada de críticas por los colores vivos y brillantes que el proceso devolvió a la superficie. Goethe y William Blake escribieron sobre pinturas que ya no existen. Siempre existe la tentación de traducir un texto cubierto por la pátina del tiempo tal como se lo presenta a la imaginación de los contemporáneos – antiguo, venerable, digno, pomposo. Los textos antiguos generalmente tienen una historia de lectores y admiradores célebres a lo largo de los siglos, y cada uno de estos lectores agregó su hollín al efecto final de la pintura. La tentación de la reverencia coexiste con la vanidad de pensar que es posible ir a alguna parte, bajo las múltiples capas de barniz antiguo e intertextos, en busca de un sentido “original” para el libro, su “rostro juvenil”, por así decirlo, vívido y luminoso. (Spoiler: esto no es posible).

Seguido me piden trucos de cómo entrar en el “mercado” de la traducción literaria. En otras ocasiones, daría consejos diferentes. Hoy, para empezar, no creo que yo sea un ejemplo para nadie. Hay personas que prosperan en carreras estructuradas, como Medicina o enseñanza. Otros solo prosperan en ambientes anárquicos. Una misma traductora puede producir muy bien en equipo y no tan bien sola, o viceversa. Muchas de las decisiones que tomé y que funcionaron no serían muy útiles para otras personas – a la mayoría les parecerían digresiones o retrasos. De la misma manera, muchas de las elecciones aparentemente “correctas” que hice, apuntando a una trayectoria apolínea, en línea recta, ascendente, son precisamente las que me confundieron en mi carrera como traductor.

Los tiempos también cambian y lo que era una buena opción hace diez años ahora puede ser un error. La carrera se profesionalizó, y con la profesionalización se crearon varias concepciones de lo que sería una “traducción correcta, de mercado” que, por un lado, aseguran la calidad media de los productos, por otro, impiden el surgimiento de “traductoras excéntricas”, genias fuera de molde, nuevas formas de traducir.

Pero creo que hay un consejo que puedo dar – uno que funciona para todos y que lamento no haber seguido desde joven. En verdad, no es mi consejo, es una parábola de Kafka, titulada “Ante la ley”. Un hombre quiere ir a juicio para reivindicar su caso, pero frente al edificio hay un portero que no lo deja entrar. El portero incluso le da buenas sugerencias al tipo, le dice que puede intentar entrar y esas cosas, pero su trabajo, el del portero, es evitarlo. El tipo decide no armar un escándalo, decide quedarse allí, esperando obedientemente a que lo dejen entrar algún día. Suceden varias otras cosas en la historia, pero lo importante es esto: el hombre podía forzar la entrada, pero prefirió esperar el permiso. Pasan los años sin que él pueda hacer avanzar su causa. Al final de su vida, aún sin acceso a la justicia, el hombre escucha del portero que esa puerta era sólo suya y que, después de su muerte, será cerrada. El hombre muere, sin haber entrado nunca en el edificio.

Muchos de los textos que no traduje son los textos que pensé que necesitaba esperar por el permiso. (Spoiler: el permiso nunca llega).

Andrei Cunha. Vicepresidente de la Associação Brasileira de Literatura Comparada (ABRALIC), mandato 2020 –2021. Traductor literario de japonés, con traducciones publicadas de Tanizaki Jun’ichirô, Ogawa Yôko, Nagai Kafû, Inoue Yasushi y Masaoka Shiki. Profesor de Lengua y Literatura Japonesas en la UFRGS. Doctor en Literatura Comparada por la UFRGS. Hizo una Maestría en Relaciones Internacionales en la Universidad de Hitotsubashi (Tokio, Japón) y una licenciatura en Derecho japonés en la misma universidad. Premio de la Associação Gaúcha de Escritores (AGES) y premio Açorianos de Literatura por Cem poemas de cem poetas: a mais querida antologia poética do Japão (categoría especial, 2020).

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